Sanguijuelas del Guadiana ponen música al desarraigo, a la vuelta al pueblo y a esa mezcla de pertenencia y contradicción que atraviesa toda una generación nacida lejos de las capitales
Sanguijuelas del Guadiana es una banda formada por tres chavales de Casas de Don Pedro, un pueblecito extremeño de apenas 1.300 habitantes, enclavado en la llamada Siberia Extremeña. Se le conoce así por su lejanía de los principales núcleos urbanos y por los contrastes climáticos que recuerdan a la remota región rusa. Haber nacido allí ha marcado su forma de ser y, por supuesto, de hacer música. También el hecho de haber tenido que marcharse a la capital para estudiar. Porque si no hubieran salido, nunca habría nacido Revolá, su primer álbum.
Carlos, Juan y Víctor se conocen de toda la vida y siempre han tocado juntos, primero como parte de la banda del pueblo y más de adolescentes en cualquier cochera en la que les dejaran hacer ruido. El germen de Sanguijuelas del Guadiana –y su primer disco– no brota, sin embargo, hasta que dejan el pueblo. Este proyecto surge de la necesidad de escribir desde el desarraigo, desde la distancia. «Ese sentimiento de dejar las cosas atrás, de escribir lo que más te toca y en nuestro caso era eso: los colegas y la familia que habíamos dejado en el pueblo”, cuenta Carlos Canelada, voz y guitarra del grupo.

Revolá: volver para empezar
Revolá significa dar un giro, cambiar de aires. Y para este trío, en particular, significa volver al pueblo para grabar su primer álbum. Pero antes de la revolá ha habido otros capítulos que también forman parte del relato y así lo han plasmado en la estructura del disco. «Jaribe» abre la historia: es la infancia en el pueblo, los veranos en la calle antes de que llegue septiembre. Le sigue «El Barrunte», que representa la adolescencia, ese momento en el que tu círculo comienza a mirar hacia fuera, cuando te invade la incertidumbre, la rabia. Y «De vuelta a las capitales» es el capítulo final, cuando ya has dejado el pueblo y la nostalgia se apodera de ti.
Todo el disco está atravesado por esa dualidad: quedarse o marcharse. El pueblo como raíz, pero también como límite. No idealizan la vida rural porque saben de sus carencias. «El pueblo es aprender a hacer un poco el camino a tu manera porque te faltan muchos recursos, pero bueno, tiene su parte buena de que aprendes a hacer un poco de todo”, afirma Carlos. Además, aunque el disco aúne sobre ese sentimiento de pertenencia y amor hacia el pueblo, la banda no reniega de su paso por la ciudad. Madrid, dicen, les abrió otras miradas, otras vivencias que en el pueblo no habrían experimentado. Y sobre todo porque «si no nos hubiéramos ido fuera no hubiéramos hecho el disco”.
Desde la letra de ‘Quiere parecer’, donde marcharse del pueblo se convierte en una forma de encontrarse a uno mismo, hasta la nostalgia que recorre ‘Llevadme a mi Extremadura’, atravesada por esa necesidad de volver a la tierra. Pasando por ‘Intacto’ y esa indecisión e impotencia por no saber qué camino será el mejor. La despoblación y la falta de arraigo que evoca ‘Yesca’, cuando ya no queda nada a lo que agarrarse. Y ‘Revolá’ en la que emerge una mezcla de desesperanza y posibilidad con versos como «Suerte la tuya de vivir donde naces». Esos son los sentimientos que dan cuerpo al disco.
Sanguijuelas del Guadiana hablan desde la mirada de unos chavales de veintipocos, pero lo que cuentan transciende generaciones. Esta experiencia de marcharse del lugar donde una ha crecido, por necesidad o por deseo, para estudiar o trabajar, es algo que lleva décadas pasando. Revolá conecta con la gente joven que vive ese proceso hoy, pero también con quienes lo vivieron antes. No pretenden abanderar ninguna causa, simplemente retratan una realidad que conocen de primera mano, la del éxodo rural de generaciones enteras. «No creo que estemos reivindicando nada, nosotros estamos contando la realidad que aquí pasa. Somos conscientes de que cambiar eso es muy complicado y no lo vamos a hacer con unas canciones», aclara Carlos.
Esa tensión entre tradición y contemporaneidad también se refleja en el sonido. Su música es muy del pueblo, muy extremeña, con tintes de flamenco, rumba y ese rock and roll que bebe de Extremoduro, Estopa o Los Chunguitos. Pero también incorpora sintetizadores y cajas de ritmo, herencia directa de su generación. «Nos juntábamos y grabábamos una guitarra con la armonía de Extremoduro porque es como hemos aprendido a tocarla, pero luego metíamos sintetizadores y cajas de ritmo que son de nuestra generación”, explica Carlos.
El resultado es una mezcla orgánica y sincera. Una propuesta que demuestra que es posible abrazar la tradición desde los sonidos actuales, y viceversa. Es el caso del autotune en sus voces, un recurso poco habitual en bandas de rock. Pero que ellos integran sin complejos, como una herramienta expresiva más, con la que reafirma que se puede hacer rock sin renunciar a los sonidos de su generación ni traicionar su esencia.
Inicialmente, el plan era lanzar un EP de tres o cuatro temas, que ya suponía suficiente inversión para unos jóvenes. Pero entonces apareció Jorge González, percusionista de Vetusta Morla, quien apostó por producir el disco completo y convertirse también en su mánager. Así empezó un proceso largo y cuidadoso compuesto por algunas canciones que llevaban cuatro años escritas y otras que se incluyeron en el último momento. Durante un verano, se encerraron en una casa en el campo, llevaron todo lo necesario y comenzaron a grabar allí mismo las maquetas. Muchas de esas primeras tomas son las que terminaron formando parte del disco. Querían que sonara así: a verdad y sin pretensiones. Que sonara a un disco hecho desde la honestidad de quienes empiezan.
Por ahora, tienen claro que quieren seguir construyendo el proyecto desde su pueblo. No como norma, sino como elección consciente. “En cada momento se piensa de una forma y ahora mismo queremos estar en el pueblo y lo tenemos muy claro, pero tampoco vamos a asegurar que vamos a vivir ahí toda la vida”, aclara Carlos.
Y aunque no se vean como referentes, lo cierto es que están empezando a serlo. Al menos para las y los jóvenes de su tierra, acostumbrados a mirar hacia fuera, a ver como quienes triunfan suelen ser quienes se han marchado. Si su ejemplo sirve para que alguien más se anime a desarrollar un proyecto sin tener que renunciar al pueblo, ya habrá merecido la pena. Porque, como dice Carlos, aún hoy “te crian con ese sentimiento de que si te quedas en el pueblo no vas a prosperar nunca«. Y seguramente ya es hora de que esa idea empiece a quedarse atrás.
Carlos, Juan y Víctor lo intentaron, y de momento, no les va tan mal desde Casas de Don Pedro. Hace un año tenían solo dos singles publicados, el prólogo de lo que sería su primer álbum. Hoy suman más de 90.000 oyentes mensuales en Spotify y están inmersos en una gira de 100 conciertos. Nada de eso estaba previsto, pero ahí están, recorriendo escenarios por todo el país como si fuera una excursión con colegas, llevando su pueblo a cuestas y demostrando que la periferia también tiene mucho que contar.


